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La piedra seca

La arquitectura de piedra seca es el otro elemento permanente en el paisaje rural de estas serranías. Kilómetros de paredes de piedra surcan todo el Maestrazgo, ya que la naturaleza fue pródiga en este elemento constructivo que el hombre tuvo a su disposición como materia prima. Pero son las casetas de piedra seca las manifestaciones más singulares, particularmente las situadas en el término de La Iglesuela del Cid, construidas sin argamasa y cubiertas con bóveda o falsa cúpula. Se trata de construcciones sencillas, pero de gran funcionalidad en épocas pasadas, vinculadas a formas de vida basadas en la agricultura y la ganadería.

El paisaje agrícola del Maestrazgo se ha de entender dentro del área geográfica mediterránea. A una pluviosidad escasa e irregular, y unas temperaturas extremas, se añaden, a menudo, los bancos de caliza como principal constituyente geológico del terreno. El resultado es un paisaje pedregoso y árido que a priori parece de cultivo imposible.

Para poder poner en cultivo estas tierras, el labrador, en ocasiones, ha de arrancar las capas calcáreas más superficiales del terreno, remover las piedras, transportarlas y almacenarlas, construir muros y aportar tierra para crear bancales, destinar la piedra sobrante a la construcción de márgenes, refugios, depósitos de agua y los infinitos ingenios que esta arquitectura de piedra seca permite y demanda. El labrador, se convierte así, en un verdadero labrador-arquitecto. Y el resultado de su trabajo, en el Maestrazgo, es un paisaje humanizado y transformado con una inmensa densidad de trabajo depositado en él.

La mayor parte de los muros que hoy vemos en las laderas de nuestras montañas, tienen como función básica evitar los deslizamientos de la capa fértil de la tierra y crear franjas escalonadas de superficie cultivable en forma de bancales. Aunque en el Maestrazgo no es difícil encontrar márgenes más antiguos, la mayor parte de los que ahora existen se construyeron durante los siglos XVIII y XIX, coincidiendo con una expansión demográfica que exigía la roturación de nuevas tierras de cultivo, incluso en lugares de difícil acceso y de pobre calidad.

Además, los muros, que definen el paisaje construido propio del Maestrazgo, resuelven otras necesidades: almacenar la piedra procedente de despedregar los campos (actividad realizada tradicionalmente el día de Jueves Santo), separar propiedades, o impedir que el ganado entre en las nuevas áreas cultivadas.

Destaca, dentro de este paisaje de la piedra seca, el del entorno de La Iglesuela del Cid, cuya profusión, singularidad e importancia le valió ser declarada Bien de Interés Cultural el 22 de enero de 2002 con la figura de Lugar de Interés Etnográfico.

Distribuida por la totalidad del término municipal de La Iglesuela, se trata de un conjunto de construcciones vinculadas a formas de vida, cultura y actividades tradicionales del pueblo aragonés. “Las marcadas características de este paisaje son, por un lado, una red poco común de muros secos de losas calizas que, con interesantes peculiaridades constructivas hasta ahora han servido para mantener el ganado alejado de los campos parcelados y delimitar fincas y caminos; y, por otro lado, centenares de cabañas redondeadas, llamadas «casas ibéricas» y que, elaboradas con el mismo material, servían de refugio a campesinos, de pequeños establos, así como de almacén de equipos agrícolas. Además, la existencia de éstas últimas, se limita exclusivamente a la región del Maestrazgo”.

Para conocer este patrimonio puedes recorrer la Ruta de la Piedra Seca.

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